El enemigo en el campo de juego
- Por: Imanol Ordorika
México, 18 junio 2026.- Hay frases que delatan. El pasado 5 de junio, en plena efervescencia de los plantones de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación en el Centro Histórico de la Ciudad de México, voceros del gobierno y de Morena sentenciaron: “están haciendo un juego a la ultraderecha, si no es que son lo mismo, la verdad”. Con esa caracterización, sectores de la Cuarta Transformación completaron un recorrido ideológico que debería alarmar a cualquier persona de izquierda: adoptaron sin pudor el repertorio de descalificación que Peña Nieto, Nuño y los voceros mediáticos de la derecha más recalcitrante desplegaron contra el magisterio disidente durante años. El lenguaje del enemigo, ahora en boca del gobierno progresista. Esto no debiera sorprendernos si recordamos que Mario Delgado fue un promotor entusiasta de aquella “reforma educativa”.
La paradoja es brutal. La CNTE es, hoy por hoy, prácticamente el único movimiento social con capacidad real de movilización en México. Como suele ocurrir, a su alrededor se articulan otras expresiones sociales, también legítimas, pero con menos capacidad de movilización, como las exigencias conmovedoras e indiscutibles de las madres buscadoras. Las demandas magisteriales no son nuevas ni caprichosas: derogación de la Ley del Issste de 2007, aumento salarial real, reforma al sistema de pensiones. Son deudas históricas que Morena, en campaña, prometió saldar.
En lugar de reconocer los viejos agravios, el gobierno despliega tres dispositivos simultáneos que se repiten de otras épocas: primero, la cooptación –la alianza con el SNTE para aislar orgánicamente a la CNTE–; segundo, la criminalización simbólica –equiparar a un movimiento con décadas de lucha democrática con la “ultraderecha” y los “provocadores”–; tercero, la inversión moral del campo político –presentar la resistencia magisterial como traición al interés nacional, justo en vísperas del Mundial–. La propuesta de consulta directa a los maestros, presentada como gesto democrático, es en realidad parte del mismo proyecto de cooptación: es prácticamente imposible instrumentarla sin que la opere el SNTE, desconoce en los hechos a la CNTE como representante legítima de un sector muy importante del magisterio, y abre el camino a escenarios inciertos, incluso a salidas represivas de última instancia –como ocurrió con el referéndum convocado durante la huelga del CGH en el año 2000–. La consulta no es diálogo: es un mecanismo que busca aislar al movimiento antes de aplastarlo.
El Mundial es el contexto del conflicto en este momento en el que se encuentran de frente dos sectores, el magisterio y el gobierno, cada uno con expresiones y tendencias muy heterogéneas a su interior. La SEP intentó manipular el calendario escolar y los recursos educativos en función de la lógica del torneo, buscando al mismo tiempo desmovilizar al magisterio. El mismo gobierno que no dudaba en subordinar la educación pública al espectáculo ha acusado luego a quienes exigen lo contrario de hacerle el juego a la ultraderecha.
La situación exige también una reflexión cuidadosa sobre el propio movimiento. Algunas de las acciones más confrontacionales de la CNTE no contribuyen a construir una relación de fuerzas favorable al movimiento: al contrario, erosionan su legitimidad, generan confusión y debilitan el apoyo social que es, en última instancia, su recurso más valioso. Todo movimiento que enfrenta a un gobierno con el que guarda una relativa afinidad histórica debe manejar con especial cuidado estas tensiones: la coyuntura del Mundial le ofrece una ventaja táctica real –los costos políticos de cualquier imagen de conflicto durante el torneo son altísimos para el gobierno–, pero maximizar esa ventaja a cualquier precio puede erosionar la legitimidad construida en décadas. La disyuntiva entre la presión eficaz y la acción que enajena a los propios aliados no se resuelve desde afuera y ninguna de esas tensiones internas justifica la descalificación gubernamental ni convierte a la CNTE en aliada de la ultraderecha.
Más allá del conflicto laboral y la negociación de un pliego petitorio, lo que está en juego es si un gobierno que se reivindica de izquierda es capaz de distinguir entre un movimiento social legítimo y sus adversarios políticos; si puede sostener una postura crítica sin recurrir al mismo arsenal retórico con el que sus enemigos históricos persiguieron a los trabajadores de la educación, y si tiene la disposición y creatividad para resolver este conflicto a través de la negociación.
Hasta ahora ha rodado el balón a pesar de las imprudencias y provocaciones en todos los terrenos. Las narrativas apocalípticas que han tratado de promover la imagen de un país profundamente confrontado y casi en guerra cayeron por su propio peso, entre otras cosas porque en medio de los desencuentros destaca la decisión inamovible de la presidenta Sheinbaum de no recurrir a la represión, a acciones como las que establecieron la paz de los sepulcros durante los Juegos Olímpicos del 68, el Mundial de 1970 y que se extendieron hasta la justa de 1986.