Insumisión centenaria

  • Como otras escuelas rurales en el país, la Raúl Isidro Burgos ha sido un formidable experimento pedagógico, una referencia internacional

Por: Luis Hernández Navarro

Desde su nacimiento, hace un siglo, la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa ha sido uno de los epicentros fundamentales de las luchas sociales en Guerrero. Sus estudiantes y egresados han sido actores primordiales en los ciclos de lucha cívicas, gremiales-rurales y armadas que han sacudido a la entidad a lo largo de todos estos años.

Sus estudiantes se reciben con una experiencia de vida y vocación por la transformación social que los acompañan como si fueran un tatuaje marcado en las entrañas. Miguel Aroche Parra, figura relevante del comunismo mexicano y preso político a raíz de la derrota del movimiento ferrocarrilero de 1959, plasmó este sentimiento en el poema (recuperado por Jaime Ortega) que leyó en la fiesta de despedida a la generación 1941: “¡Ayotzinapa altiva!/Antorcha proletaria,/desafiante y potente luminaria/que te yergues incólume/después de la tormenta”.

Fundada el 2 de marzo de 1926 por el profesor Rodolfo A. Bonilla en la ciudad de Tixtla (cuna de Vicente Guerrero e Ignacio Manuel Altamirano), tuvo como primer nombre el de Escuela Regional Conrado Abundes. Su esposa, la docente Aurora Rebentún, desempeñó una muy importante labor pedagógica. Comenzó clases con 27 alumnos, con mobiliario prestado e improvisados asientos y mesas elaboradas con cajas y tablas. El plan de estudios duraba dos años.

El maestro Bonilla fue un ferviente promotor de que los alumnos no fueran pasivos y se volvieran un “factor de producción”. Según cuenta la investigadora Alicia Civera, dejaba a los jóvenes “en libertad de analizar las cosas, pedir cuantas aclaraciones fueran necesarias y organizar discusiones que, además, obligaban a que los profesores se prepararan más para sus clases, mismas que podían ser todo menos rutinarias verbalizaciones largas”. En las prácticas que los estudiantes realizaban en la escuela anexa o en las nocturnas, los dejaba usar el método que prefirieran para enseñar a leer y escribir, porque tenía “la convicción, lograda a base de experiencia y de observación, de que es mucho más fácil para un maestro manejar lo que se ha logrado asimilar mejor, que aquello que se impone como bueno”.

Conducidos por su director, los estudiantes dieron clases a los presos en la cárcel y evitaron la construcción de una plaza de toros en el centro de la ciudad. Y, ya como egresados, enseñaban a leer y escribir, organizaban campesinos, impartían cursos de higiene y apoyaban a las poblados rurales en la gestión de servicios y créditos para la producción agropecuaria. Eran promotores del desarrollo económico y el cooperativismo. Esa vocación se conserva, con altibajos, hasta nuestros días.

El profesor Bonilla comenzó las gestiones para adquirir los terrenos de la hacienda de Ayotzinapa, en el que había un pequeño trapiche para moler caña de azúcar. En ellos se construyó el bello edificio que alberga la escuela. Se financió, con mucho, con base en colectas, trabajo voluntario de profesores y estudiantes, donaciones. A partir de 1924, el maestro Raúl Isidro Burgos tomó la estafeta de la dirección escolar y la edificación de la normal.

Como otras escuelas rurales en el país, la Raúl Isidro Burgos ha sido un formidable experimento pedagógico, una referencia internacional. Así lo reconoció Luis Padrino, fundador de la escuela rural en Venezuela, quien en 1938 publicó un libro con su investigación sobre Ayotzinapa. Allí, explica cómo se impulsó la formación “de un maestro capacitado y entrenado para poder impartir esos conocimientos a los campesinos –niños y adultos–”. Y se impulsó un sistema escolar en el que “ya no es el maestro que impone, sino el que emite sugerencias; no es el alumno el ente pasivo, sino el que guiado por esas sugerencias, elabora un resultado. Es el maestro en su papel de guía, de director, y es el alumno quien en pleno goce de su espontaneidad, pone en juego su propia actividad”.

A lo largo de su historia, Ayotzinapa ha vivido momentos muy difíciles. Una y otra vez, distintos gobiernos e importantes actores políticos han querido o desaparecerla o someterla. En 1936, el cura del municipio y los comerciantes de Tixtla, descontentos porque las tierras del pueblo fueron asignadas a la escuela, organizaron una campaña contra los jóvenes que provocó que varios de ellos fueran asaltados y detenidos. Y cinco años más tarde (en 1941), como lo recuerda Hipólito Cárdenas, con la llegada como director de Carlos Pérez Guerrero, se levantó la calumnia de que los jóvenes habían ultrajado la bandera nacional y se metió al Ejército a la escuela. Durante más de cinco meses, seis alumnos y tres maestros fueron encarcelados en Acapulco.

Desde entonces, las afrentas gubernamentales contra la Normal Raúl Isidro Burgos han reaparecido una y otra vez. La lista de los jóvenes de esa casa de estudios a los que policías o sospechosos han matado o desaparecido en los últimos años es enorme: 11 asesinados (el último de ellos en 2024, Yanqui Kothan) y 43 desaparecidos. Como Jorge Alexis Herrera y Gabriel Echeverría, ultimados el 12 de diciembre de 2011. Como Freddy Vazquez y Eugenio Tamarit, atropellados en enero de 2014 por el conductor ebrio de un tráiler. Como Julio César Mondragón, Daniel Solís y Julio César Ramírez, ejecutados el 26 y 27 de septiembre de 2014. Como los 43 de la trágica noche de Iguala de septiembre de 2014.

Ayotzinapa forma parte de nuestras grandes heridas abiertas. Un crimen de Estado que sigue impune. Por más timbres postales que saquen para conmemorar el centenario de la escuela, por más ceremonias oficiales que se organicen, por más intentos que se hagan por domesticar la memoria, la vocación insumisa de muchos de sus alumnos prevalecerá.

X: @lhan55