La carta de Andrés
EKONOSPHERA
Por: Raúl Fernández Pérez
Estados Unidos es el país de las guerras recurrentes, permanentes, eternas. Las ha provocado para expandirse territorialmente, convertirse en una potencia y consolidarse como un imperio. Y aunque desde hace medio siglo experimenta una lenta pero constante decadencia, vive hoy día una caída más profunda, no sólo económica y política, también moral, de crisis de valores, de desesperada supervivencia imperial, donde las guerras ahora se hacen presentes para intentar reanimar a una nación en la antesala del estado de coma. El imperio se ve actualmente como un animal viejo, con múltiples heridas y, por lo mismo, más agresivo y peligroso que nunca.
Para reencontrarse a sí mismo como nación, Estados Unidos libra hoy día dentro de sus fronteras una guerra cultural que polariza y desata pugnas internas; análogamente, para sobrevivir como líder mundial ha tenido que abrir varios frentes: una guerra cruenta con Irán, una guerra genocida con Gaza y Palestina, una guerra de trincheras con Rusia, una guerra fría con China, una brutal guerra comercial con Canadá y otros tantos países, además de una guerra sucia, muy sucia, con América Latina.
La perversidad del vecino del norte no tiene límites y quien dude de ello debería recordar que Donald Trump ha sido capaz de secuestrar al presidente Nicolás Maduro de Venezuela bajo la argucia de que lideraba el inexistente “Cártel de los Soles”; de indultar al expresidente y narcotraficante hondureño Juan Orlando Hernández, liberándolo de una condena de 45 años, para que siga delinquiendo como siempre, a favor del imperio; de asesinar a más de 180 pescadores lancheros en el Caribe y en el Pacífico mediante la patraña de que eran narcotraficantes; de sitiar económicamente a Cuba; de imponer presidentes de derecha metiéndose abierta y descaradamente en el proceso electoral de varios países latinoamericanos, entre otras felonías.
Aunque actualmente los gringos no necesitan invadir territorios ni mandar tropas o marines para someter a gobiernos y destruir regímenes democráticos, esta sigue siendo una opción que nunca descartan y a la que pueden recurrir en cualquier momento. Pero por ahora les basta con ganar la guerra cognitiva, la batalla cultural, influir en la conciencia y en la conducta de los votantes, a base de mentiras, de amenazas veladas o desnudas, de echar a andar medios desinformativos y manipuladores francamente fascistas y propagandistas capaces de ofender, difamar e intentar destruir políticamente a presidentes de izquierda como Lula y Sheinbaum, que encabezan los dos últimos gobiernos progresistas más importantes que quedan en la Patria Grande.
Y quien dude de ello, necesita informarse y saber que la aprehensión del difamador argentino de derecha, Fernando Cerimedo, por intento de feminicidio, puso al descubierto una red transnacional de medios y consultoría -con centro de operaciones clave en Florida y conexiones políticas en Washington que lo vinculan a él y a su socio español y también difamador Javier Negre, dueño y director del periódico digital La Derecha Diario, con el presidente criminal Donald Trump, por intermedio de su secretario de Estado y jefe de pandillas Marco Rubio– cuyo objetivo es atacar, difamar, a base de mentiras y calumnias, a gobiernos y líderes progresistas buscando desprestigiarlos y destruirlos políticamente para allanar el regreso de la derecha ultraconservadora, tal y como ha ocurrido en Argentina, Colombia, Chile, Bolivia, Honduras y se pretende ocurra también en Brasil y México. No cabe duda que los difamadores y criminales están de moda y han reemplazado a los estadistas que ya son una especie en extinción.
En este contexto, la carta que Andrés Manuel López Beltrán dirigió a Trump constituye un documento político muy importante y audaz, una ágil y contundente respuesta al ataque difamatorio que busca destruirlo y que hipócritamente se disfraza de una “inofensiva” visa cancelada, como si esto fuera un acto aislado, inconexo, estrictamente personal y de exclusiva circunstancia individual. Nada de eso.
La estrategia difamatoria para sembrar dudas y sospechas es muy clara, y está dirigida no sólo a Andrés sino también a su padre, al partido Morena, al movimiento de la Cuarta Transformación 4T y, por ende, a la presidenta de México y a su gobierno. El objetivo es desprestigiar a los principales líderes del movimiento, así como al movimiento mismo, además de exacerbar un ambiente acusatorio y de condena por parte de una derecha opositora que equipara una visa vigente con una carta de buena conducta, capaz por sí sola de empujar al banquillo de los acusados a quien se la han cancelado.
Desde la óptica de Estados Unidos, la izquierda mexicana la integran piezas de dominó que pueden caer una tras otra hasta consumarse el derrumbe de un gobierno legítimo, electo mayoritariamente por el pueblo y con una aprobación permanente por arriba del 70%. Es la guerra sucia, pues, un ataque no sólo a la corriente política que hoy gobierna el país, sino también al Estado mexicano en su conjunto, ya que este está conformado no sólo por el territorio y su población, sino igualmente por su gobierno, el mismo que lo representa, dirige y administra.
En resumen, la cancelación de la visa de Andrés encierra, en un mismo hecho, dos situaciones distintas pero inseparables que permiten que un sólo acto jurídico-administrativo, por muy soberano que sea, se convierta, a la vez, en un asunto político-injerencista que tiene por objetivo iniciar un proceso de descalificación gradual del personaje y del movimiento del que forma parte.
No obstante lo anterior, Andrés ha recibido cualquier cantidad de críticas de parte de la derecha opositora y de sus medios de comunicación, incluso de integrantes de la propia izquierda, quienes al unísono se han rasgado las vestiduras por los argumentos esgrimidos y el tono empleado en la carta, por la osadía, soberbia o estupidez -según qué tan bien o mal les cae el tabasqueño- de dirigirle una carta nada menos que a Trump para decirle sus verdades respecto de su gobierno y funcionarios.
Ciertamente, Andrés carece del carisma de su padre, y su discurso político, aunque está lleno de valores humanistas y progresistas, no entusiasma ni emociona. Su progenitor le puso, involuntariamente, una vara muy alta para ser apreciado como un político brillante; ha tenido tropiezos en su quehacer político, en sus textos y declaraciones públicas. Pero en la carta que hoy nos ocupa, lo arropan y legitiman dos valores personales fundamentales: su nombre y su integridad. El primero lo acompañará toda su vida; el segundo, nunca deberá perderlo.
Así las cosas, la carta de Andrés ha resultado no sólo singular, también muy efectiva, y no tiene nada de estúpida, pues se inscribe dentro de una estrategia defensiva ante el imperio, cuyos principales puntos a favor son los siguientes:
- Al dar a conocer él mismo la cancelación de su visa, fue transparente y oportuno, evitando con ello filtraciones futuras a medios de comunicación que lo hubieran exhibido como temeroso de que el hecho se conociera públicamente y alimentaran la idea de que para un “corrupto” es mejor guardar secrecía ante situaciones desfavorables.
- Lo comunica formalmente a través de una carta abierta dirigida a Donald Trump, con lo que establece una jerarquía comunicativa desde un principio, en el entendido de que si se desea solucionar un problema es mejor dirigirse con el dueño del circo y no con los cirqueros.
- Realmente, el objetivo de Andrés era que la carta la leyeran los mexicanos y, por supuesto, los funcionarios del Departamento de Estado, es decir, los “jefes de pandillas” Marco Rubio y Christopher Landau, tal y como lo señala en su texto. Y así ocurrió. En este sentido, poco o nada importaba que la leyera Trump y menos que la llegase a contestar. Landau contestó inmediatamente con un mensaje amenazante en la red social X donde afirmaba “¿Estás disfrutando del show? Rellena tus palomitas, te va a encantar la siguiente parte” Si esto no es perversidad y cinismo, qué otra cosa puede serlo. El objetivo se cumplió, Landau mordió el anzuelo y quedó exhibido como el halcón que es, muy vulgar, por cierto.
- Aunque Andrés no hubiera escrito ninguna carta, la cancelación de su visa es en sí mismo un acto injerencista de Estados Unidos, ya que es un velado intento acusatorio, una mañosa siembra de duda y de sospecha. Por eso era importante atajar el golpe incriminatorio mediante una respuesta por escrito que dejara constancia y hablara de lo que en verdad es el gobierno de Trump y desenmascararlo por parte de alguien que, aunque lo legitima la sangre, no ostenta ningún cargo público en la actualidad, es decir, de un personaje con emblemático nombre pero que no compromete al gobierno de México y mucho menos al Estado mexicano.
- La carta es un blindaje para quien la envía, porque está encarando el problema, es una muestra de que quien nada debe nada teme, y lejos de haber acudido a la embajada en busca de protección o de haberse contactado con funcionarios gringos para hacer alguna negociación, manda, en cambio, un mensaje muy duro y directo, sin ambages, algo así como: “aquí estoy, presenten las pruebas en mi contra, porque yo sí tengo muchas en contra de ustedes, halcones hitlerianos”.
- Varios señalamientos enunciados en la carta lo comparten millones de mexicanos, que gustosos le habrían dicho lo mismo al ocupante de la Casa Blanca. Los ataques violentos, las ofensas y los insultos recibidos, un día sí y otro también, por parte del presidente criminal y de sus halcones hacia nuestro pueblo, nuestros migrantes y especialmente, hacia nuestra presidenta, exigen, por asepsia mental, una respuesta contundente. Los astros se alinearon y fue posible hacerlo.
La integridad es un valor personal que se refleja en la vida social y quien la posea, nunca deberá traicionarla y siempre deberá defenderla.