La UNAM, la UACM y el examen de admisión

Claudio Albertani

El examen de selección en línea de la UNAM para el ingreso a licenciatura 2026 ha arrojado un incremento desproporcionado de puntajes extremadamente altos en comparación con años anteriores, lo que ha generado un fuerte debate y malestar social. Aspirantes que resultaron aceptados exigen que se respete el resultado original, mientras que otros piden la repetición del examen para garantizar la equidad. El llamado “examen de control”, la respuesta del rector Lomelí y su comisión de expertos, es una muestra involuntaria de la operación práctica de una sociedad de control. Sin embargo, como señala Hugo Aboites, ahora mismo nos encontramos frente a una evidencia: el examen estandarizado de admisión que resistió por más de 20 años las críticas de movimientos estudiantiles, paros y huelgas no aguantó su modernización ni el uso de las nuevas tecnologías (La Jornada, 26 de julio). No es una buena opción, agrega el especialista, poner en los y las aspirantes con altos puntajes toda la responsabilidad de la situación, generada por la aplicación del examen estandarizado en manos de una agencia privada y de su dispositivo de inteligencia artificial (La Jornada, 1 de agosto). Hay otro aspecto interesante: este resultado “atípico” pone a la UNAM frente a sus propias contradicciones, pues incluso si todos los aspirantes aprobaran, un buen número de ellos no tendría cabida.

Más allá del escándalo mediático, el debate ofrece la oportunidad de repensar la función que cumplen los mecanismos de exclusión en el ámbito de la educación en México y en el mundo entero. En La utilidad de lo inútil, de Nuccio Ordine –recién fallecido, eminente especialista del Renacimiento y de Giordano Bruno– nos entrega una suerte de “manifiesto” en defensa de los saberes humanísticos, que conecta muy bien con la crisis de la UNAM. Si la universidad se reduce a un mero filtro para obtener un título rentable, se olvida que su verdadera función es formar ciudadanos críticos y personas íntegras. Ordine critica la educación instrumental, la lógica utilitarista y el enfoque mercantilista, que prioriza la cantidad y la rapidez sobre la calidad, el esfuerzo y el conocimiento profundo. El conocimiento, enfatiza, no puede ser juzgado con base en la rentabilidad: su utilidad radica en ayudarnos a ser personas libres, críticas y con una rica vida espiritual.

Admitiendo, sin conceder, que el examen sirva para “medir”, ninguna prueba puede establecer la capacidad de aprender de un ser humano. Al respecto, siempre me viene a la mente la hermosa historia de Panaït Istrati (1884-1935), uno de los grandes escritores de los años 20 del siglo pasado. Durante la Primera Guerra Mundial, tras vivir aventuras estrepitosas al lado de desertores, bandidos, contrabandistas y prostitutas, Istrati, que apenas había terminado la primaria en su natal Rumania, recaló en Lausana, Suiza. Estaba enfermo y se internó en un sanatorio con la esperanza de recuperarse de la tuberculosis, la enfermedad de los pobres. En ese lugar tan improbable, un amigo le enseñó a leer el francés y le obsequió Jean-Christophe, la novela-río en 10 tomos del escritor pacifista Romain Rolland. La obra narra la vida, obra y evolución espiritual de un músico alemán, a la vez que presenta un agudo análisis de la sociedad europea: la descomposición moral y social de Francia y el orgullo nacionalista que estaba llevando a Europa al desastre. Istrati la leyó y quedó tan impresionado que, a los 30 años, decidió volverse escritor en el idioma de Rolland, que desconocía. Lo logró gracias a su pasión y a una voluntad de hierro. Kyra Kyralina, su primera novela, fue finalmente publicada en 1922, tras nuevas aventuras y un intento de suicidio. Fue un éxito, aunque, claro, la editorial corrigió cuidadosamente las pruebas, pues el escritor era, por así decirlo, poco respetuoso de las reglas gramaticales. Aun así, ese “Gorki de los Balcanes” firmó una docena de novelas y cientos de artículos periodísticos en Rumania, Francia, la Unión Soviética y otros países. Siempre he pensado que si a alguien se le hubiese ocurrido aplicarle un examen de francés, habría reprobado. No es el único caso: Joseph Conrad, ucraniano de origen polaco, sin educación formal, que hablaba el idioma de Shakespeare, con un fuerte acento polaco, se convirtió en un maestro de la prosa inglesa.

El verdadero valor de la educación no está en la nota, sino en un proceso formativo que se logra de múltiples maneras, gracias a la creatividad de estudiantes y profesores. La alta demanda y la competencia extrema reflejan la idea de que la universidad es un pase para el éxito laboral, exacerbando la presión sobre los aspirantes. Esta lógica convierte a los estudiantes en clientes que compran un título de estudio, pero no conocimiento. Ordine advierte que una sociedad que sólo persigue el beneficio produce una colectividad enferma y sin memoria.

Desde esta perspectiva, la verdadera crisis de la UNAM no es técnica, sino de valores. Es un síntoma de lo que Edgar Morin –otro gran educador recién fallecido– diagnostica como una crisis del pensamiento. El problema no es técnico, subraya el que fuera militante del grupo Socialismo o Barbarie, sino ético: un modelo de pensamiento simplificador que fragmenta el saber, aísla el conocimiento de su contexto y fomenta una inteligencia ciega. Ciega porque la ciencia, aunque triunfante, ha generado un poder que escapa al control de los propios científicos, al ser subvencionada y orientada por intereses políticos y económicos.

Todo esto comprueba, una vez más, que la admisión por sorteo, el método que introdujo el rector fundador de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), ingeniero Manuel Pérez Rocha, es la única alternativa practicable. Los aspirantes que no resultan seleccionados en el sorteo no son simplemente descartados: la universidad cuenta con un mecanismo llamado lista de espera, que les brinda una segunda oportunidad para ingresar en un ciclo posterior. Ante un cupo limitado por la escasez de recursos, agravada en los últimos años por presupuestos cada vez más raquíticos, he aquí la única opción que no discrimina, no juzga y no penaliza a las y los estudiantes. Ah, por cierto, ¿cuánto pagó la UNAM por realizar su examen estandarizado? ¿50 millones? ¿100?