Las voces del magisterio en la historia de la educación

Por: Sergio Ortiz*

Aunque durante las últimas décadas ha quedado patente el interés de los historiadores por la construcción de una historia desde abajo, donde el protagonismo del obrero, del campesino, el jornalero, de los grupos minoritarios, de las mujeres o las maestras y los maestros rurales, entre otros, se hace presente para reclamar su lugar en la historia, lo cierto es que se trata de una mirada con muchos pendientes todavía. En el campo educativo se ha encontrado que la presencia de las maestras y los maestros ha cobrado un protagonismo relevante para la comprensión del pasado y presente de un sistema educativo que no logra superar muchos de los retos que orientaron la creación de la Secretaría de Educación Pública hace poco más de 100 años.

En aquella época se pensó atender la necesidad de llevar la escolaridad a todos los rincones de la patria a través de la Casa del Pueblo, una idea con la que se comenzaban a materializar las concepciones de los pedagogos de la época, para darle vida al fenómeno de la Escuela Rural Mexicana. En ese contexto, junto a la decisión de crear instituciones como las Misiones Culturales o las Escuelas Normales Rurales, las autoridades tomaron la decisión de designar a jóvenes hombres y mujeres que apenas sabían leer y escribir como maestras y maestros para las comunidades rurales.

Con la apertura de las escuelas normales desde los años 20 se fue convirtiendo al magisterio en una profesión de Estado. Dado que se trataba de un momento en que no existía propiamente un proyecto educativo nacional, puesto que apenas había comenzado el proceso de federalización de la educación a partir de la creación de la SEP, cada entidad, cada municipio y cada escuela trabajaba según las interpretaciones de las maestras y maestros. En la mayoría de los casos, las instituciones iban adquiriendo sentido en función de dichas interpretaciones, mismas que estaban orientadas por el origen campesino e ideología de maestras y maestros.

Algunas de las dinámicas de trabajo e intervención social en las comunidades durante esos años las hemos podido conocer por medio de informes de trabajo de esa época. Así, encontramos que algunos maestros le dieron sentido a su quehacer en las comunidades por medio del establecimiento de dos o tres turnos de estudios con grupos de analfabetos de cualquier sexo y edad, pero también con la apertura de escuelas donde fuera necesario, tramitando los acuerdos respectivos para su federalización y enseñando, preferentemente, “rudimentos de Lengua Nacional y Aritmética, agregando pláticas sencillas sobre Higiene, Moral, Educación Cívica y demás conocimientos que juzgue provechosos, pero todo fácil y al alcance de los educandos” (AGN, DEANR. Aguascalientes, 18 de abril de 1922).

Más adelante, por medio de esfuerzos como el de Los Maestros y la cultura nacional 1920-1952 (SEP, 1987), pudimos conocer 41 narraciones de maestras y maestros rurales que relatan los avatares que atravesaron no solamente para convertirse en maestros, sino también para superar las barreras y las carencias de un sistema educativo que parecía estar condenado a la miseria. Al tratarse de una recuperación de narraciones en primera persona, podemos considerar que se trata de un ejercicio muy valioso de historia desde abajo que también nos permite conocer algunas de las experiencias más significativas en el campo de la enseñanza, y de su intervención en el desarrollo de las comunidades en las que se desempeñaron como maestras y maestros rurales.

Ahora bien, al reconocer que la Historia, como lo ha señalado Oresta López, está sometida a las tensiones de poder y que, por ello mismo, se requiere un esfuerzo colectivo para escribir las otras historias, las que emergen de un mundo en transformación, las que emergen de voces silenciadas, nos queda clara la necesidad de recuperar hoy mismo trayectorias pedagógicas de maestras y maestros, quienes, por medio del trabajo que han realizado históricamente, nos pueden ayudar a dimensionar la importancia de su participación en el desarrollo de sus comunidades, y de la patria.

Si a inicios del siglo XX Rafael Ramírez había declarado que hasta antes de la Revolución nunca había oído hablar de que existiese en el país un problema rural, que nadie creía que hubiese habido necesidad de mejorar la economía de la población rural y de educar a los indios y a los mestizos que vivían en el campo, él mismo se encarga de aclarar que no había sido casual, pues al no hacer visible la situación en que se encontraba la escolaridad en México, luego entonces, no existía necesidad educativa que atender.

Con base en lo anterior, estamos seguros que hoy mismo, cuando 55 por ciento de escuelas de educación básica en México se encuentran establecidas en el medio rural, maestras y maestros siguen luchando cotidianamente contra la adversidad y se convierten en líderes sociales y agentes de cambio en sus comunidades, igual como lo observamos hace algunas décadas en casos como el de “Ruperto Ortiz Gámez, un maestro de espíritu sanmarqueño” ( La Jornada, 19 de mayo de 2026). Con ejercicios como éste veremos que, tanto en escuelas rurales como urbanas, se encuentran maestras y maestros entregados, dispuestos a seguir trabajando –quizá de manera modesta, pero firme– en la transformación de su territorio, de su comunidad.

*Profesor-investigador, adscrito a la Escuela Normal Rural Justo Sierra Méndez, Cañada Honda, Aguascalientes, México

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