Nombrar el horror: el lenguaje como memoria cultural

Por: Edgar Gómez Bonilla

Nombrar la violencia no es un acto neutral, esta fue una de las premisas clave que presentó en la conferencia magistral: “Un glosario para la violencia”, la investigadora Rosa María Grillo, profesora  de la Universidad de Salerno (Italia), en el 9° Encuentro Internacional e Interdisciplinario “Representaciones de la Violencia: Literatura, Arte, Educación, Género e Historia”, en la Facultad de Filosofía y Letras de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. En la conferencia la investigadora  propuso una lectura cultural del lenguaje surgido en los regímenes dictatoriales del Río de la Plata, donde las palabras no sólo describieron la realidad, sino que contribuyeron a deformarla, ocultarla y, en muchos casos, a perpetuarla.

En Argentina y Uruguay, explicó la profesora Grillo, la violencia de Estado se articuló a través de un léxico del terror, con eufemismos diseñados para encubrir prácticas sistemáticas de represión. Términos como “traslado” que ocultaban los vuelos de la muerte; “botín de guerra” que deshumanizaba a personas secuestradas; “submarino” que nombraba una práctica de tortura; y “desaparecido” se convirtió en una categoría destinada a borrar identidades, cuerpos y responsabilidades penales. Las palabras formaron parte de un vocabulario cotidiano que transformó el crimen en procedimiento administrativo y la tortura en una operación técnica. El lenguaje, así se convirtió en un dispositivo de poder.

Tras el fin de la dictadura Argentina (1976-1983) durante el periodo de transición de 1983 a 1985, emergió la necesidad de decir lo indecible. Informes como Nunca Más (Informe final de la Comisión Nacional sobre la desaparición de personas) y una vasta literatura testimonial intentaron recuperar aquello que había sido borrado: los cuerpos, las identidades, los lugares del horror que marcaron un parteaguas en la reconstrucción de la verdad histórica, aunque también estuvieron matizados por leyes de amnistía y silencios impuestos.

La profesora Rosa María Grillo, señaló que el testimonio no es una verdad absoluta; es una voz subjetiva que requiere de otra condición fundamental para existir: alguien que escuche y que en palabras de Primo Levi, el otorgar testimonio es dar fe y esto solo tiene sentido si alguien escucha. De ahí la importancia de analizar como el lenguaje fue manipulado para producir terror y, posteriormente, como se buscó resignificarlo para lograr la justicia y perpetuar la memoria a través de la literatura testimonial, donde cada sobreviviente asume el deber ético de narrar lo vivido.

Desde esta perspectiva, el glosario deja de ser un simple catálogo de definiciones y se convierte en una herramienta cultural y ética. Reunir palabras implica reconocer que cada término contiene una historia de dolor, resistencia y disputa simbólica. En el caso latinoamericano, estas palabras revelan como el lenguaje se adaptó para nombrar realidades extremas y, al mismo tiempo, para combatir el olvido.

La Dra. Grillo destacó que fenómenos como la posmemoria —encarnada en los hijos de personas desaparecidas o en los niños apropiados durante la dictadura argentina— muestran que la violencia no concluye con el fin del régimen, sino que se transmite como herida cultural. La recuperación de identidades mediante la ciencia, como las pruebas de ADN, se vuelve también un acto narrativo, como una forma de reescribir la historia personal y colectiva.

Finalmente, la Dra. Grillo invitó a leer estos glosarios en las escuelas y a vincularlos con luchas actuales, como el de las Madres de Plaza de Mayo en Argentina o las madres buscadorasen México, donde “cada contexto elabora su propio glosario del terror”, concluyó, recordando que nombrar la violencia es un acto político indispensable para que no se vuelvan a repetir este tipo de situaciones.