Pedagogía del control

Por: Fernando Jiménez Mier y Terán*

En un ámbito cuasi carcelario (ver imagen digital en Crónica), fiel reflejo de lo acontecido en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), miles de estudiantes presentaron por segunda vez, en unos cuantos meses, examen de admisión –el segundo fue en el Palacio de los Deportes de la Ciudad de México– para ingresar a la casa de estudios. En la segunda ocasión el examen de selección se transformó literalmente en examen de control.

Desde hace unas semanas, rápidamente ganó terreno en la UNAM la palabra “control”, tan propia del escolasticismo y de la educación bancaria, control que urge desterrar de la vida universitaria. El señor rector, su séquito y los propios estudiantes no han dejado de pronunciar el vocablo, sin confesar unos e ignorar los más lo que expresa tal situación. De la noche a la mañana, de la manera más irracional, con un pésimo sentido, al margen de cualquier pronunciamiento democrático, la rectoría puso en el centro del escenario universitario la expresión “examen de control”. El pomposo, obsoleto e injusto examen de ingreso a la licenciatura, conocido como examen de selección, establecido en la legislación universitaria, se convirtió por arte de magia, sin ningún sustento jurídico, en examen de control. ¿Cómo explicarán lo anterior los consejeros universitarios? El rector Leonardo Lomelí Vanegas ordenó repetir una selección por estar plagada de desatinos, provenientes de distintas direcciones, bastante señalados por los columnistas y las noticias aparecidas en las fuentes de información y las redes sociales.

El dichoso examen de control tiene la virtud, eso también hay que decirlo, de poner en evidencia lo que se practica en la UNAM de manera disfrazada desde tiempos remotos: el ingreso del estudiantado a una institución en la que, de rincón a rincón, campea la educación bancaria impregnada de control. En esta ocasión el control inició abiertamente con un examen para controlar; lo anterior es el aviso de lo que espera a las y los jóvenes estudiantes: un control que se extenderá, minuto a minuto, por los salones de clase, por los laboratorios y talleres, por los seminarios del posgrado (competición feroz y egoísmo, calificaciones que cuantifican, tareas sin sentido, obediencia ciega, reglamentos fríos, silencio, lecturas controladas, programas rígidos, domesticación, autoritarismo, etcétera). Control del que tampoco se escapa el profesorado.

El rector decidió imponer un examen de selección virtual en sustitución del presencial que se venía aplicando (la virtualidad al servicio del escolasticismo), pero no le dio resultado. La instrumentación de la prueba falló –algo que todavía no está aclarado de manera convincente– y, como resultado, apareció el señalamiento de “alumnos tramposos” que ganaron puntaje con mañas digitales. Se ha dicho lo anterior hasta el cansancio, sin que al momento haya pruebas fehacientes de ello. Conviene señalar que nadie, en su sano juicio, aplaudiría ese tipo de conductas aberrantes. En lo personal, no soy partidario de justificar trampas en la universidad ni en la vida toda. Y hablando de trampas, casi nadie se ha detenido a señalar la gran trampa puesta por la UNAM, desde hace muchísimos años, para seleccionar estudiantes con criterios excluyentes, económicos, clasistas, meritocráticos (puntajes perfectos que dejan mucho que desear), criterios muy alejados de lo que la institución pregona. Exámenes que engañan a los estudiantes y a sus familias haciéndoles creer que los que aprueban son los capaces, e incapaces los que no alcanzan puntajes establecidos de manera por demás dudosa. Los puntos valen más, o menos, al capricho del mercado universitario ¡Qué penoso! Es parte del “valor de cambio” de la educación analizado por Manuel Pérez Rocha en un sugestivo libro ( Motivaciones y valores de la educación, Ariel, 2018).

El examen de selección, en una primera instancia, y el de control, después, representan un gran dispendio de los dineros universitarios. Eso también está a discusión en los diversos medios. Lo que falta es poner en el centro de la discusión que el derroche mayúsculo de millones de pesos en los exámenes se agrava todavía más, en tanto que es un gasto que se destina a fortalecer la educación bancaria, cuando hacen falta recursos para cuestiones docentes elementales a fin de hacer crecer una educación liberadora. Por ejemplos: computadoras al por mayor para el examen de control y ausencia de computadoras en el diario acontecer de los salones de clase; dinero destinado a pagar a los carceleros que paseaban ufanos y amenazantes por los pasillos durante el examen de control, contra la ausencia de monedas para mejorar los ingresos salariales de los profesores de asignatura.

Urge que en lo sucesivo sean dados a conocer, discutidos y aprobados mayoritariamente los criterios con los cuales se gastan los dineros de la universidad, por el simple hecho de tratarse de recursos del pueblo. Lo anterior, junto con la desaparición del examen de selección, es lo que se debería atender, dejando de lado la discusión de si el próximo año será conveniente restablecer la selección presencial.

Coletilla: queda poco más de un año a la actual gestión universitaria. Hago votos para que la rectoría aproveche el desaguisado de los exámenes de selección virtual y de control, y se ponga a la cabeza de los universitarios para desterrar de una buena vez y para siempre, con todo apego a la autonomía universitaria, la aplicación de exámenes inequitativos para el ingreso del estudiantado en la UNAM. Urge buscar mecanismos incluyentes para ponerlos en un nuevo reglamento de inscripciones. Ése podría ser un buen comienzo de la tan anunciada reforma universitaria. La Universidad de la Nación quedaría así acorde con los criterios establecidos por la Presidencia de México de no examinar a nadie para ingresar a un ciclo superior, cuando los estudiantes concluyeron satisfactoriamente el ciclo anterior. Viene a cuento recordar que el rector Javier Barros Sierra, cuando en 1966 apoyó el surgimiento del pase automático de la Escuela Nacional Preparatoria a las licenciaturas, lo hizo por estimarlo de justicia ( Conversaciones con Gastón García Cantú, Siglo XXI, 1972, p. 35).

¡Elevemos la mirada de la educación!

Profesor en la UNAM

jimenezmyt@gmail.com