Podredumbre

Por: Fabrizio Mejía Madrid

Pensé en dedicar este texto al futbol y la extraña sensación del tiempo que nos genera, pero sucedió algo grave. Esta semana, dos diarios nacionales tuvieron que aceptar que habían publicado textos difamantes con base en fabricaciones de mentiras. No las difundieron por interés periodístico, sino para dañar la reputación de personas y sus familias en su búsqueda de ensuciar trayectorias políticas y a figuras claves en la cultura nacional. En el caso menos grave, Excélsior aseguró que un senador de Morena, Gerardo Fernández Noroña, tenía un hijo no legalizado trabajando en su nómina del Congreso. Por su parte, El Universal desplegó una entrevista falsa con Carlos Monsiváis en la que se asegura que el ex presidente Andrés Manuel López Obrador se prostituía en su juventud. Ambas causaron genuina indignación y llevaron a estos dos medios, fundados hace más de un siglo, a retractarse.

Pero el asunto no termina con una disculpa. Quien difunde calumnias para denigrar a una persona pública genera dos procesos que confluyen: agita a los odiadores anónimos de las redes y les valida sus aversiones políticas que, de otra forma, no obtienen alimento nuevo, y al mismo tiempo facilita que alguien que cometió un delito de a de veras, como evadir impuestos, saquear dinero público, dejar operar a la CIA ilegalmente o hacer un fraude electoral argumente, cuando las pruebas sean difundidas, que también se trata de fabricaciones. La mentira no se publica para engañar, sino para que se dude de que ya algo pueda ser verdad.

El tema es grave, porque hay una línea que se cruzó. Como ciudadanía, venimos de las campañas de odio del “Peligro para México” en 2006 y de la Operación Berlín en 2018. Más aún, de ambos diarios centenarios se han desmentido asuntos tan delicados como unos falsos cables de la embajada de Estados Unidos sobre nexos entre narcos y políticos de izquierda, falsas inundaciones y sobrecostos en obras emblemáticas del anterior sexenio, que las vacunas contra el covid eran piratas, devaluaciones inminentes del peso mexicano que nunca ocurrieron, desplome en las inversiones privadas que tampoco, que México se había quedado sin fondo de desastres o sin sistema judicial o electoral, entre otros cientos. Pero con lo de Monsiváis y López Obrador se cruzó la línea del abuso del derecho a la información. La Presidenta calificó esto de “podredumbre”.

Inventar una entrevista de un personaje con autoridad moral tiene, por lo menos, tres efectos nocivos. Las entrevistas fabricadas son un arma para la desinformación política, porque abusan de la supuesta autenticidad del testimonio de primera mano. Mientras las noticias falsas tradicionales se basan en textos no verificados, una entrevista fabricada implanta una narrativa falsa directamente en boca de una figura pública, un oponente político o un supuesto experto. Esta táctica explota la vulnerabilidad sicológica por la que las personas confían naturalmente más en las citas personales y los formatos de preguntas y respuestas directas que en los informes de terceros. Es decir, se destruye la credibilidad de lo testimonial. El segundo daño es al debate político. Una entrevista falsa obliga a los políticos reales a dedicar tiempo valioso en los medios a defenderse de citas ficticias, en lugar de hablar sobre sus planes y desempeño. El tercer damnificado es la propia base a la que se dirige la entrevista ficticia. El público que la da por buena y la comparte, confirma y refuerza su repulsión hacia los rivales. En este caso, se pone en juego la homofobia, un discurso de odio que ha tenido consecuencias mortales para sus víctimas.

El perjuicio también es para el público que, sin estar de antemano sesgado en contra, lee y escucha una misma falsedad hasta que le resulta familiar, como lo de que López Obrador asesinó a su hermano. Hay propensión a que tomemos por sabido y conocido algo que, en realidad, es una mentira repetida. En 2010, un estudio con 5 mil 200 participantes en Estados Unidos demostró que si se les enseñaban noticias fabricadas apoyadas con textos, imágenes y audios fabricados, la mitad aseguraba que los recordaba como reales, como si les hubieran sucedido. La falsa memoria se alimenta de historias que, si son congruentes con actitudes y evaluaciones previas de los encuestados, pueden generar en ellos sensaciones de familiaridad y reconocimiento. Pero más allá: si la fuente se presenta como confiable, entonces aumenta el porcentaje de personas que aceptan como verdadero lo que perciben como conocido. Y esa presentación como confiable de Excélsior y, sobre todo, de El Universal es la que cruza la línea definitiva. Es como el diagnóstico falso de un doctor para sacar dinero al paciente: se rompen tanto la ética profesional –lo que la sociedad espera de él– como la credibilidad en el resto de los médicos. En el caso de El Universal, además de reproducir sin pudor una entrevista falsa ya publicada en otros años, le agregaron un párrafo sobre la prostitución del ex presidente cuando era joven. A la vileza le añadieron una cucharada de ruindad.

Estos medios no cometieron un error. Tienen la obligación profesional de verificar antes de difundir una noticia o una entrevista y, por supuesto, no tienen derecho a agregarle un párrafo de su cosecha. Se revela así su intención deliberada de dañar a las personas involucradas, pero también de crear un ambiente de incertidumbre que expanda un cinismo, una desaprensión, una despolitización frente a la esfera pública, incluyendo a unos medios que ya ni siquiera respetan lo que se supone que hacen, que es informar. Y luego, hasta le agregaron una calumnia más.

El asunto puede tornarse complejo. Con el uso de la inteligencia artificial (IA), las deepfakes crean momentos, dichos y acciones que nunca existieron. Como audiencias, no tenemos las herramientas para saber si estamos siendo engañados por una manipulación digital. Los estudios recientes arrojan los mismos datos: la mitad de los expuestos a un video fabricado creen que es verdad. A escala estadística, es como echar un volado. Los otros dos datos son igualmente relevantes: 16 por ciento creen en la veracidad de lo falso y 35 por ciento están inciertos, que es justo el propósito de quienes crean engaños animados. Los checadores de datos que se supone deben existir en cualquier medio que publica, si hacen su trabajo se fijan en el contexto, si lo que se dice es falso o verdadero. La deepfake plantea un problema distinto: si existe o no en la realidad. Es algo complejo en vista de la capacidad cada vez mayor de reproducir gestos, voces y acentos. Eso plantea la urgencia de que se legisle para evitar que haga más daño a la civilidad. Si los privados se han instalado en la desvergüenza y la falta de escrúpulos, el Estado y las propias compañías de IA están obligadas a garantizarnos algún tipo de salvaguarda.