Tres países, tres preseas, un soldado mexicano
MI VOZ
POR: ENRIQUE ROMERO RAZO
Marcelino Serna nació el 26 de abril de 1896 en San Francisco del Oro, Chihuahua.
Su infancia estuvo marcada por la pobreza más extrema. Como millones de mexicanos de su tiempo, a los veinte años tomó la decisión de cruzar el río Bravo en busca de una oportunidad que su tierra no podía ofrecerle.
Llegó a Estados Unidos como inmigrante indocumentado, sin estudios y sin hablar una sola palabra de inglés. Trabajó donde pudo: como peón del ferrocarril, jornalero en los campos de remolacha de Colorado y en cualquier oficio que le permitiera sobrevivir. Sin embargo, el hambre y la miseria continuaban siendo sus inseparables compañeras.
Su destino cambió de manera inesperada cuando fue detenido por las autoridades migratorias. En lugar de la deportación, recibió una alternativa: incorporarse como voluntario al Ejército de los Estados Unidos, que se preparaba para participar en la Primera Guerra Mundial.
Así, aquel joven que apenas conocía la Sierra Tarahumara cruzó el océano Atlántico y llegó a Francia, escenario de una de las guerras más devastadoras de la historia.
No hablaba inglés y apenas podía comunicarse con sus compañeros de armas. Aun así, su valentía compensó cualquier barrera idiomática. Destruyó posiciones enemigas, neutralizó nidos de ametralladoras y demostró una extraordinaria capacidad para el combate irregular.
Su hazaña más recordada ocurrió cuando, completamente solo, logró engañar a un contingente alemán. Cambiando constantemente de posición y efectuando disparos desde distintos puntos, hizo creer al enemigo que enfrentaba a una fuerza considerable. La estrategia funcionó. Los alemanes terminaron rindiéndose y Marcelino Serna capturó a veintiséis soldados.
Cuando algunos de sus compañeros pretendieron ejecutar sumariamente a los prisioneros, él se opuso con firmeza. Consideraba que la guerra también tenía reglas y que éstas debían respetarse.
Sus superiores quedaron sorprendidos por aquel soldado mexicano que, pese a no dominar el idioma, poseía un extraordinario liderazgo y un profundo sentido del honor. Incluso le ofrecieron regresar a casa por no ser ciudadano estadounidense, propuesta que rechazó. No estaba dispuesto a abandonar a quienes ya consideraba sus compañeros.
Continuó combatiendo hasta que un francotirador alemán lo hirió gravemente en ambas piernas. Hospitalizado, recibió la noticia del armisticio y de la victoria de los Aliados.
Al concluir la guerra fue condecorado por tres naciones distintas.
Estados Unidos le otorgó la Cruz por Servicio Distinguido (Distinguished Service Cross), su segunda más alta condecoración al valor en combate; Francia le concedió la Croix de Guerre y el Reino de Italia la Medalla al Mérito de Guerra.
Paradójicamente, nunca recibió la Medalla de Honor, la máxima distinción militar estadounidense. Diversos historiadores sostienen que el hecho de ser mexicano, inmigrante y no hablar inglés pesó más que el extraordinario heroísmo demostrado en los campos de batalla.
Terminada la guerra se estableció en Texas, obtuvo la ciudadanía estadounidense sin renunciar jamás a su nacionalidad mexicana y formó una familia con seis hijos.
Marcelino Serna falleció en 1993, a los noventa y seis años de edad. Fue sepultado con honores militares en el Cementerio Nacional de Fort Bliss, Texas. Años después, el Congreso de ese estado le otorgó, de manera póstuma, la Medalla al Mérito, como reconocimiento a quien había llegado siendo un humilde jornalero y terminó convertido en uno de los soldados más condecorados de la Primera Guerra Mundial.
La historia de Marcelino Serna representa la de millones de mexicanos que, obligados por la necesidad, cruzan una frontera llevando consigo únicamente su capacidad de trabajo, su dignidad y su esperanza.
Allá donde llegan, los mexicanos construyen, producen, sirven y engrandecen a las naciones que los reciben. Lo hicieron hace más de un siglo y lo siguen haciendo hoy.
Por ello, resulta tan injusto como mezquino que algunos discursos de corte nacionalista y xenófobo pretendan descalificar a quienes, con esfuerzo y honestidad, contribuyen diariamente al desarrollo económico y social de los Estados Unidos.
Marcelino Serna demostró con hechos que el valor, el honor y el patriotismo no conocen de fronteras. Su uniforme fue estadounidense; su sangre, su origen y su corazón fueron siempre mexicanos.